Vicente Aleixandre (1898-1984)
Para quién escribo
I
Par quién escribo?, me pergunta el cronista, el periodista o simplemente el curioso.
No escribo para el señor de la estirada chaqueta, ni para su bigote enfadado, ni siquiera para el alzado índice admonitório entre las tristes ondas de música.
Tampoco para el carruaje, ni para su ocultada señora (entre vidrios, como un rayo frio, el brillo de los impertinentes).
Escribo acaso para los que no me leen. Esa mujer que corre por la calle como si fuera a abrir las puertas a la aurora.
O esse viejo que se aduerme en el banco de esa plaza chiquita, mientras el sol poniente com amor le toma, le rodea y le deslíe suavemente en sus luces.
Para todos los que no me leen, los que no se cuidan de mí, pero de mí se cuidan (aunque me ignoren).
Esa niña que al pasar me mira, compañera de mi aventura, viviendo en el mundo.
Y esa vieja que sentada a su puerta há visto vida, paridora de muchas vidas, y manos cansadas.
Escribo para ele enamorado; para el que pasó com su angustia en los ojos; para ele que le oyó; para el que al pasar no miró; para el que finalmente cayó cuando perguntó y no le oyeron.
Para todos escribo. Para los que no me leen sobretudo escribo. Uno a uno, y la muchedumbre. Y para los pechos y para las bocas y para los oídos donde, sin oírme,
está mi palabra.
II
Pero escribo también para ele asesino. Para el que com los ojos cerrados se arrojó sobre un pecho y comió muerte y se alimento, y se levantó enloquecido.
Para el que se irguió como torre de indignación, y se desplomó sobre el mundo.
Y para las mujeres muertas y para los niños muertos y para los hombres agonizantes.
Y para el que sigilosamente abrió las llaves del gas y la ciudad entera pereció, y amaneció un montón de cadáveres.
Y para la muchacha inocente, con su sonrisa, su corazón, su tierna medalla, y por alli pasó un ejército de depredadores.
Y para el ejército de predadores, que en una galopada final fue a hundirse en las aguas.
Y para esas aguas, para el mar infinito.
Oh, no para el infinito. Para el finito mar, com su limitación casi humana, como un pecho vivido.
(Un niño ahora entra, un niño se baña, y el mar, el corazón del mar, está en esse pulso.)
Y para la mirada final, para la limitadíssima Mirada Final, en cuyo seno alguien duerme.
Todos duermen. El asesino y el injusticiado, el regulador y el naciente, el finado y el húmedo, el seco de voluntad y el híspido como torre.
Para el amenazador y el amenazado, para el bueno y el triste, para la voz sin materia
y para toda la matéria del mundo.
Para ti, hombre sin deificación que, se quererlas mirar, estas leyendo estas letras.
Para ti y todo lo que en ti vive,
yo estoy escribiendo.
Vicente Aleixandre, in En vasto domínio, Madrid, 1962

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